Sunday, April 15, 2007

Romance a la muerte de Samuel Byck
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Samuel Joseph Byck ( 30 de Enero, 193022 de Febrero, 1974) era un vendededor de llantas desempleado que intentó secuestrar un avión del aeropuerto de Baltimore el 22 de Febrero del 74, para estrellarlo en la Casa Blanca y asesinar así a Richar Nixon.

Pequeños datos que no importan. El hecho es que Byck quería creer en algo, quería poder, no importa cómo- en qué cosa. Byck es una pequeña muestra trágica de la desgarrada subjetividad contemporánea. Byck creía firmemente en una conspiración del gobierno de los EEUU para mantener sobre el mundo en general y sobre los pobres en particular, un yugo de opresión. El dispositivo psiquiátrico decretó que Byck poseía trastorno bipolar (esto es: una tendencia disociativa en la raíz de la personalidad, que se exteriorizaba a través de episodios de desórdenes mentales pendulares, que lo llevaban a largas depresiones o pequeños accesos de euforia mística). De esta común caracterización, debo decir que me identifico con Byck. Es decir con su bipolaridad. Interpelado ideológicamente por el dispositivo, me reconozco avergonzado en la bipolaridad. Pero, ¿no es esta una forma de anular la potencia, de redirigir la paranoia de Byck sobre si misma, en un doble juego paranoico, es decir, en vez de convertirse en esquizo, la paranoia devenía doble paranoia, controlandose paranoicamente a si misma?

He aquí el juego perverso de la clínica, en su despliegue necesario. Y el núcleo mismo de toda ideología, el Otro, que quiero desnudar, es el Otro que me recluye, el Otro mismo que ya me ha constituído.

La distancia ideológica entre lo que somos y lo que creemos ser es nula.

Adonde termino yo mismo es quiza el último rincón de la realidad que podría pisar.

Luego la sigo, saludos. Gonzalo.

Hola gente. Vuelvo -triunfante- sobre mis propias cenizas a la actualización de este pequeño espacio de reflexión. A continuación, sin orden aparente -excepto aquel que corre paralelo en el pensamiento como estricto pensamiento, y que recorre como una gaviota las orillas del mar de toda materialidad; pensamiento ya y siempre materialidad pura-sin orden aparente decía, unas reflexiones.

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¿Cual es el límite de lo discursivo como lugar de enunciación?
Ninguno, por supuesto, ya que el discurso es ya y siempre el lugar de enunciación que es mas que ese mismo lugar. Y a partir de esto, se constituye lo social mismo. A partir de esa articulación discursiva, siempre fundante. En un principio la palabra. La palabra es deseo mismo.

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Según Spinoza mismo, toda realidad es una corporalidad. O mejor y en términos mas y menos precisos, una potencia entre potencias. Y nadie sabe lo que puede un cuerpo, a excepción de que es finito de atributos. Es decir la naturaleza o Dios en Spinoza, que es lo mismo, es la única sustancia de infinitos atributos. No sabemos lo que puede, sólo sabemos de un cuerpo que no puede todo. Solo la naturaleza lo puede todo, es decir la naturaleza misma es la posibilidad infinita siempre y en todo lugar, en cualquier punto.

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Ahora bien estos cuerpos de atributos limitados, son para Spinoza, una misma cosa con la sustancia de infinitos atributos. No hay un exterior a nada, ni siquiera a Dios mismo. De ahí el panteismo de Spinoza y el ateismo en sus consecuencias lógicas. Ahora, he de creer que ateismo y panteismo o deismo o cualquier tipo de concepción acerca del problema de la existencia de Dios se halla por fuera de la problemática Spinoziana esencial, a saber, la posibilidad de la libertad.

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En Spinoza todo es afectable. Todo es componible en cierto modo. La naturaleza misma lo es, solo que ella, no tiene límites en su capacidad de afectar, en sus posibilidades de componer-se. A la naturaleza le es posible todo, a cualquier cuerpo le es posible cualquier cosa.

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En este pequeño impasse creo hallar el núcleo de todo el meollo: la distinción entre todo y cualquier cosa.

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En el estrato discursivo que arbitrariamente se enuncia como política, lugar par excellance del problema del cómo vivir, desde tiempo de Aristóteles y Platón y aún mas allá, pasando por San Agustín, hasta Marx, Mao Tse Tung o los jesuitas, Spinoza ve el principio y el fin de toda actividad, de toda forma de afectación.


En estos días de cambio he estado reflexionando acerca del problema político en general. Un suspiro y una promesa -a mi mismo siempre- de un poder, de un poder hacer, de un no saber también, puro deseo. Llamar, desesperadamente a todo aquello, pulsión, término que componen el poder y el desear.


Bueno me voy, que les sea leve con el dispositivo religioso, político y académico, Gonzalo.